Criminales de exportación

Plagan los narcos sinaloenses el territorio mexicano

Entre la noche del sábado 6 de junio y la madrugada del domingo, tuvo lugar en Acapulco uno de los episodios violentos más dramáticos de los que se tenga memoria. Elementos del Ejército Mexicano se enfrentaron a un grupo de gatilleros de la mafia que se encontraba en un domicilio del viejo barrio de Caleta. Murieron 17 personas según la información que se proporcionó, entre ellos dos militares, dos civiles que pasaban cerca del lugar donde se dio el enfrentamiento y 13 sicarios.

Días después se supo que al menos 11 de los criminales muertos eran de Sinaloa. Trabajaban para la organización de los hermanos Beltrán Leyva.

No terminaba esa semana cuando otra noticia recorrió México y el mundo. En Chihuahua, 25 sicarios al servicio de Joaquín Guzmán Loera, el Chapo, fueron detenidos con un arsenal. Estaban vestidos con uniformes del Ejército Mexicano: todos, según la información oficial, son originarios de Sinaloa.

Así, dos hechos ocurridos en la misma semana demostraron la capacidad que tiene el narcotráfico para exportar a otras entidades mano de obra criminal. Hombres y mujeres que nacieron en algún lugar de la geografía sinaloense han dejado su tierra para delinquir en otras entidades. Es imposible contarlos con certeza, pero puede afirmarse sin lugar a dudas que en los últimos 20 años han sido miles. Hacen de todo, desde dirigir un cártel de la droga hasta ejecutar las tareas más insignificantes, como mantener limpios el calzado y las camisas del “Señor”.

En medio de estos extremos, los ejércitos criminales de los cárteles sirven de “correos”, vigilan residencias, se atrincheran en casas de seguridad, listos para movilizarse a la primera orden; llevan droga, armas y dinero, lavan la plata del negocio, cuidan a las mujeres e hijos de los narcos, distribuyen droga, organizan redes de venta al menudeo, cobran los dividendos y ajustan las cuentas muy a su manera.

En el mundo criminal hay sinaloenses que se han hecho famosos en otras entidades, como los hermanos Arellano Félix, oriundos de Culiacán, quienes alcanzaron notoriedad cuando consolidaron el CAF (Cártel de los Arellano Félix), como los llamaba el periodista Jesús Blancornelas.

Y otros no por el poder que acumularon, sino por lo infernal de su tarea. Como Santiago Meza Flores, originario de Guamúchil, el Pozolero del Teo, quien llegó a disolver en ácido a por lo menos 300 enemigos de Edgardo García Simental, el Teo.

Algunos capos han preferido aferrarse a su tierra, aunque tengan una movilidad casi permanente. El Chapo Guzmán e Ismael el Mayo Zambada, por ejemplo, han construido imperios no solo fincados en casi todo el territorio nacional, sino en otros países, pero no han querido despegarse de su tierra, donde se sienten más seguros.

No es el caso de Vicente Carrillo y Arturo Beltrán Leyva, cuyas visitas a Sinaloa son esporádicas. El primero se atrincheró en Chihuahua, donde su hermano Amado construyó el centro de operaciones de uno de los cárteles más estructurados que han existido en México, y del segundo se supo recientemente por voz de un candidato panista, que tenía siete años viviendo en San Pedro Garza García, el municipio más rico de este país de pobres.

Juan José Esparragoza, el Azul, es un caso semejante, pues se fue un día y solo viene a Sinaloa de vez en vez. Víctor Emilio Cázarez expandió su estructura a los Estados Unidos pero no se ha despegado del Guayabito, su tierra natal, en Mocorito.

Todos tienen algo en común desde que Miguel Félix Gallardo decidió mudarse a Jalisco ante la presión de la Operación Cóndor: han trasladado verdaderos ejércitos a otras entidades de la república para integrarlos a sus negocios. Muchos vuelven victoriosos, con dinero y poder, pero otros nunca regresan porque se pudren en alguna cárcel. O traen sus restos en una bolsa de plástico, como a Luis Enrique Ríos Urías, el “Comandante Magaña” muerto esa madrugada del domingo en Acapulco y a quien atribuyó el Ejército ser el jefe de la célula que los enfrentó a tiros cuando llegaron por ellos.

Pero los más desafortunados nunca aparecen, pues son echados a una fosa común porque nadie los reclama; o terminan sus restos en una narcofosa que algún día la policía descubrirá. Y habrá también quienes son devorados por los buitres en un desierto.

Carne de cañón

Poco a poco la calidad de los ejércitos del narco fue disminuyendo en la medida en que fueron creciendo en cantidad. La guerra entre las organizaciones criminales demandó más y más hombres dispuestos a morir en la raya si antes tenían un poco de placer, dinero, droga, mujeres y “trocas”. Muchos, cientos, se han quedado solo con la promesa o la ilusión de los beneficios porque han terminado mordiendo el polvo antes de jalar siquiera los gatillos, como los extras de una película de vaqueros.

La guerra declarada del Gobierno contra los narcos y las luchas intestinas de estos, obligó al reclutamiento desesperado de jóvenes que, a veces hasta engañados, de pronto estaban encerrados en una casa de seguridad de Tijuana o Jalisco, de Acapulco o Monterrey, de Chihuahua o Nayarit; de Morelia, Nuevo Laredo, Morelos o el Distrito Federal.

Al final del sexenio de Vicente Fox, decenas de sinaloenses que no promediaban los 25 años se batieron contra los Zetas en Nuevo Laredo por órdenes de Joaquín Guzmán, cuando los cárteles del Pacífico decidieron disputarle la plaza a Osiel Cárdenas Guillén. La mayoría de ellos terminaron abatidos en las calles, presos o ejecutados. Igual ocurrió con decenas de “plebes” reclutados en la zona norte de la entidad y enviados a Mexicali y Ensenada por órdenes de Arturo Beltrán Leyva, solo para regresar en un ataúd de los más baratos ante el desconcierto de sus familiares que los creían trabajando de albañiles o pizcando uva.

Municipios como Ahome, San Ignacio, Navolato, Culiacán, Mocorito y Badiraguato han sido canteras inagotables de jóvenes que han alimentado esos ejércitos del crimen distribuidos por todo el país, matando y muriendo sin causas, solo por dinero y con sueños enfermizos de poder; en el anonimato hasta que salen en alguna nota roja, presentados por el Gobierno los que tienen mejor suerte. Muertos la mayoría, pero todos con una marca indeleble: son sinaloenses.

Por: Ismael Bojórquez

Via: http://www.riodoce.com.mx/content/view/2340/42/

~ por culichinarcoblog en 1 julio 2009.

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